El mejor regalo para el 25°
Falta poco menos de 1 mes para mí cumpleaños y hace unos 2 me sentía muy emocionado por que será el 25°. Pero ahora me digo: What’s the big deal ‘bout it? Anyways it’s just another freakin’ B-day.
Ya tenía planeados mis regalos: unas gafas para sol y un reloj. Calculaba gastarme media quincena o un poco más de ser necesario. Aunque ya no será necesario; mi pá me obsequió un reloj. Es Nike y está dos tres, lo importante es que es reloj y que me lo dio él. Ahora sólo tendré que invertir en los lentes y seguro en unos CD’s. Creo que con 2 bastará. Planeaba hacer una fiesta, primero solo, luego con mi hermano y luego como G cumple casi por la misma fecha pues también había contemplado la idea de juntar los festejos. Sin embargo, ahora creo que quiero ir a un buen antro, tomar un trago LEVE, meterme unas líneas y fumarme más bazucos. Volver a ser el rey del mundo por una noche sin pensar en nada más que en egoismo puro y a granel.
Hoy volví a pensar en mi último Jesús privado. K estaba recordando el día en que bebimos en el lugar en que lo vi. Visitamos ese bar pues había promoción y andábamos escasos de pasta. Había varios gays como siempre, a pesar de que el lugar no es un bar puñal. Mis amigos y yo tratando de adivinar quienes eran prófugos del closet, quienes competían con la novia por ser la más bonita y quienes de plano ya se tenían que ir a dormir pues los niños tienen que estar metidos en la cama temprano. Fuimos a recoger a O y volvimos a ese mismo lugar. Después llegó H. Seguimos bebiendo y los 2 últimos terminaron por irse. Los 3 restantes continuamos ingiriendo ron y de repente, buscando a quien fuera blanco de nuestros comentarios observé a un wey a una mesa de distancia a mi derecha. Unos minutos antes ya lo había visto cuando fue a saludar a alguien a la mesa de enfrente y lo llamo por su nombre. Estaba acompañado del susodicho anterior y me gusto, lo normal, como casi siempre me atrae un wey. Seguí mirándolo y cuando sus ojos repararon en mi mirada escudriñante cambié mi vista a alguien más. Parecía muy serio y su atuendo straight: camisa lisa de manga larga y pantalón de vestir. De repente sus acompañantes comentaron algo hilarante y el rictus de su rostro se transformó al esbozar una sonrisa cautivante que termino convertida en una estrepitosa pero no menos bella carcajada.
Mi corazón aumentó su ritmo y sentí como la sangre que era bombeada con más fuerza y velocidad recorría mis arterías. Desde entonces no podía parar de contemplarlo, las personas alrededor parecían borrosas. Y alguno de mis amigos (a esas aturas ya no recuerdo quién fue) me regresó a la burda realidad preguntándome si estaba bien y si ya era hora de partir. Yo espeté un estoy-bien-y-hay-que-pedir-otra pues por nada del mundo quería abandonar aquel lugar.
Para no alargar la historia porque ya quiero irme a jetear (mañana a las 6 para dar clase, un día como todos, ya se volvió rutina y me da mucha apatía), nos mantuvimos en la mesa por un rato más y yo seguía viéndolo, él se dio cuenta y de cuando en cuando también me miraba. Yo no sabía que hacer, seguía viéndolo con más insistencia y el seguía correspondiendo las miradas. Mi corazón no había recuperado su ritmo normal y yo ya no estaba seguro si él me veía o no, tanto así que en un momento me pareció que trataba de decirme algo pero no supe si en realidad fue así. Claro que previo a esto yo ya me había metido unas cuantas líneas. Así que mi nivel de alcohol esa noche era más alto que el que normalmente consumo. Finalmente decidimos irnos y no tuve el valor de hacer algo por saber si mi alucine de hecho no había sido ilusión.
Después de todo sólo me quedó el recuerdo de su nombre, que había escuchado mucho antes de descubrir su perfecta sonrisa, y también la imagen de aquella risa que me mantuvo fijo a una silla, embriagándome con su sonido y el alcohol en el que se sumergía.
Sé que si ocurriera el milagro y volviera a toparme con él, continuaría sin poder aclarar la duda que me persiguió todo ese fin de semana. En mi mente digo que es muy fácil y cuando estuve apunto de levantarme de la silla y dirigirme hacía él, me sentía pesado como plomo. Aunque sé que me faltó valor tampoco creo que sea una aventura infantil abordar a un wey en un bar straight cuando tú también eres wey.
Y sé que un segundo encuentro sería un milagro porque ver de nuevo a Jesús no es más que un indescifrable prodigio. Ádemás, ¡sería el regalo perfecto para un cumpleaños incierto!
Ya tenía planeados mis regalos: unas gafas para sol y un reloj. Calculaba gastarme media quincena o un poco más de ser necesario. Aunque ya no será necesario; mi pá me obsequió un reloj. Es Nike y está dos tres, lo importante es que es reloj y que me lo dio él. Ahora sólo tendré que invertir en los lentes y seguro en unos CD’s. Creo que con 2 bastará. Planeaba hacer una fiesta, primero solo, luego con mi hermano y luego como G cumple casi por la misma fecha pues también había contemplado la idea de juntar los festejos. Sin embargo, ahora creo que quiero ir a un buen antro, tomar un trago LEVE, meterme unas líneas y fumarme más bazucos. Volver a ser el rey del mundo por una noche sin pensar en nada más que en egoismo puro y a granel.
Hoy volví a pensar en mi último Jesús privado. K estaba recordando el día en que bebimos en el lugar en que lo vi. Visitamos ese bar pues había promoción y andábamos escasos de pasta. Había varios gays como siempre, a pesar de que el lugar no es un bar puñal. Mis amigos y yo tratando de adivinar quienes eran prófugos del closet, quienes competían con la novia por ser la más bonita y quienes de plano ya se tenían que ir a dormir pues los niños tienen que estar metidos en la cama temprano. Fuimos a recoger a O y volvimos a ese mismo lugar. Después llegó H. Seguimos bebiendo y los 2 últimos terminaron por irse. Los 3 restantes continuamos ingiriendo ron y de repente, buscando a quien fuera blanco de nuestros comentarios observé a un wey a una mesa de distancia a mi derecha. Unos minutos antes ya lo había visto cuando fue a saludar a alguien a la mesa de enfrente y lo llamo por su nombre. Estaba acompañado del susodicho anterior y me gusto, lo normal, como casi siempre me atrae un wey. Seguí mirándolo y cuando sus ojos repararon en mi mirada escudriñante cambié mi vista a alguien más. Parecía muy serio y su atuendo straight: camisa lisa de manga larga y pantalón de vestir. De repente sus acompañantes comentaron algo hilarante y el rictus de su rostro se transformó al esbozar una sonrisa cautivante que termino convertida en una estrepitosa pero no menos bella carcajada.
Mi corazón aumentó su ritmo y sentí como la sangre que era bombeada con más fuerza y velocidad recorría mis arterías. Desde entonces no podía parar de contemplarlo, las personas alrededor parecían borrosas. Y alguno de mis amigos (a esas aturas ya no recuerdo quién fue) me regresó a la burda realidad preguntándome si estaba bien y si ya era hora de partir. Yo espeté un estoy-bien-y-hay-que-pedir-otra pues por nada del mundo quería abandonar aquel lugar.
Para no alargar la historia porque ya quiero irme a jetear (mañana a las 6 para dar clase, un día como todos, ya se volvió rutina y me da mucha apatía), nos mantuvimos en la mesa por un rato más y yo seguía viéndolo, él se dio cuenta y de cuando en cuando también me miraba. Yo no sabía que hacer, seguía viéndolo con más insistencia y el seguía correspondiendo las miradas. Mi corazón no había recuperado su ritmo normal y yo ya no estaba seguro si él me veía o no, tanto así que en un momento me pareció que trataba de decirme algo pero no supe si en realidad fue así. Claro que previo a esto yo ya me había metido unas cuantas líneas. Así que mi nivel de alcohol esa noche era más alto que el que normalmente consumo. Finalmente decidimos irnos y no tuve el valor de hacer algo por saber si mi alucine de hecho no había sido ilusión.
Después de todo sólo me quedó el recuerdo de su nombre, que había escuchado mucho antes de descubrir su perfecta sonrisa, y también la imagen de aquella risa que me mantuvo fijo a una silla, embriagándome con su sonido y el alcohol en el que se sumergía.
Sé que si ocurriera el milagro y volviera a toparme con él, continuaría sin poder aclarar la duda que me persiguió todo ese fin de semana. En mi mente digo que es muy fácil y cuando estuve apunto de levantarme de la silla y dirigirme hacía él, me sentía pesado como plomo. Aunque sé que me faltó valor tampoco creo que sea una aventura infantil abordar a un wey en un bar straight cuando tú también eres wey.
Y sé que un segundo encuentro sería un milagro porque ver de nuevo a Jesús no es más que un indescifrable prodigio. Ádemás, ¡sería el regalo perfecto para un cumpleaños incierto!

